Cinco meses después
Eran las tres de la mañana, de nuevo los ardores en la boca del estómago me hacían despertar. Me había levantado para ir a la cocina y tomarme de nuevo aquel chorizo 'perrunero' como decía, la vendedora del super de la esquina de enfrente. Aunque parecía totalmente demencial el chorizo más grasiento era el que más me calmaba la quemazón que tenía en el estómago. Y como me habían dicho unas vecinas un tanto mayores, era que el bebé tenía mucho pelo. A mi, aquello del pelo me daba ganas de reír, pero por prudencia y sin ánimo de herir sensibilidades, asentía con cara de interés.
Desde el día de la noticia en el trabajo habían pasado numerosos sucesos que me gustaría contar.
En primer lugar, tuve el arrojo de decirme a mi misma que con 35 años ya era hora de ser madre. Posiblemente no era la mejor manera pero creo que, cuando salí a la calle, aquel día del trabajo tras recibir aquella noticia chocante me lancé a buscar una tienda de premamá y de ropa de bebé. Fue una reacción totalmente impulsiva. Todo mi cuerpo, mi mente y mis sensaciones me pedían ser madre. No dejaba de sorprenderme la necesidad de querer empezar a comprar cositas para mi bebé.
En segundo lugar, mi puesto como informática no estaba nada mal y ni siquiera personas con más veteranía cobraban la cantidad, dos mil quinientos euros. Curraba mucho pero me gustaba y me resultaba fácil.
Por otro lado, mi madre después de asustarse un poco con la noticia, decidió ejercer de abuela ofreciéndose a cuidar del niño-a, mientras no fuera al cole.
Por último, Juan me ofreció casarse conmigo. Casi me da un pasmo porque aunque fuera el padre, a penas nos conocíamos y yo no entendía que aún quedaran caballeros andantes. Pero de todos modos, en algún aspecto, un tanto romántico Angelina la halagó. Eso sí, el vestido blanco, el banquete, el ayuntamiento (ya que no se veía frente al párroco dando un 'sí quiero') no era de su gusto. Siempre había roto el molde y para nada quería aquello. Por eso al imaginarlo tal cual si fuera una moviola la imagen quedó congelada en su mente y se dijo para sí misma que todo debía ir con otro ritmo. Y aunque le agradecía que viniese a ver las ecografías y que estuviese en la hora del parto le dejó claro que se irían conociendo poco a poco y que se tomase las cosas con más calma. Quizás con el tiempo las cosas cambiarían pero no sería de manera repentina.
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