lunes, 8 de abril de 2013

EL DÍA 13.

El 13 de un año acabado en 13 tuve mi primera regla. Yo tenía, ¿sabéis qué edad? 13 años. Jugaba aún con mis muñecas, o sea que podéis deducir que no nací en este siglo. Fue todo un evento.
Mi amigo Mario, empezó a gritar porque decía que me estaba desangrando o algo así; cosa que era un tanto exagerada. Pero claro Mario, de cosas de chicas saber, saber, no sabía gran cosa ( al menos por aquel entonces, aunque luego algo aprendería, porque se licenció en medicina). Con el jaleo que montó, mi tía Adela se asomó al cuarto en que jugábamos y nos preguntó que qué ocurría, porqué armábamos tanto revuelo.
Yo le dije que me notaba extraña y que mejor íbamos juntas al baño a ver que me ocurría porque era una sensación nueva. Cuando mi tía Adela, la soltera de cinco hermanas, entre las cuales se contaba mi madre, me miró se dió cuenta de inmediato de que mi falda manchada con un rosetón de color rojo, no era otra cosa que la señal, de que tenía mi primera menstruación. Mirándome con cara muy dulce y serena me acompañó hasta el baño, donde me aleccionó diciéndome que era completamente natural y que ella también a mi edad había tenido su primer período. Me comentó que cada luna más o menos volvería a tener la regla, me enseñó lo que entonces se ponían entre las piernas las mujeres para recoger la hemorragia. Era una especie de tela un tanto ruda que nada tenía que ver con las conocidas compresas con alas y perlas antiolor que ahora llevan las jovencitas. Me sentí el centro de atención por un día.Ella me dió unas friegas con un poco de aceite de oliva para aliviar la molestia de los ovarios y me puso un paño caliente en la zona calentado con una de aquellas pesadas planchas de acero.
Cada ciertas horas mi tía me preguntaba si el paño estaba ya lleno de aquel líquido rojizo que se escurría cálido y me ennegrecía las ojeras. Yo corría  hasta el final del pasillo donde se encontraba el baño, abría con curiosidad y cierta excitación la puerta y la cerraba tras de mi para observar si ya estaba colmado o podía esperar un poco más. Era protagonista de un cambio en mi cuerpo que no esperaba en absoluto. Mi tía me dijo que a partir de ese momento podía ser madre, yo madre, que aún jugaba a serlo con mis muñecas. Lo que yo no entendía aún muy bien era que tenía que ver aquel fluido con lo de ser madre, aunque seguramente cada vez me iría enterando mejor y es que era muy pequeña para comprenderlo todo.
 Mario volvió aquel mismo día a preguntar que tal me encontraba porque mi tía le había pedido que subiera a su piso, ya que era un vecino del edificio. Yo muy orgullosa le dije que había tenido la regla y al pobre se le quedó una cara un tanto extraña, y con los hombros levantados me dijo que no sabía que era eso. Yo empecé a dar todo tipo de explicaciones sobre lo que mi tía Adela me había dicho y él me miraba como un bicho raro, como si los 13 años que llevábamos jugando y saliendo juntos al parque se hubieran esfumado y no nos conociéramos, porque se sintió claramente perturbado.Según él no parecía muy sano que del cuerpo de una niña saliera tal cantidad de sangre, y él insistía en llevarme al médico que seguro que me moriría y él no quería perder una buena amiga. Le calmé explicándole que mi tía también la había tenido a los 13 años y que por ahora no me sentía morir y que además no habían parado de mimarme y prestarme mucha atención. Hasta el punto de haber comprado un calendario para apuntar cada mes, cuando empezaba y terminaba el evento, y que por cierto, era un calendario muy bonito con un bonito árbol que estaba  lleno de brotes de castaño. Y ya lo había estrenado. Mario se apaciguó un poco pero dijo que lo consultaría con su madre, que para algo era mujer y que si ella también tenía de eso, como se llamara, se lo podría explicar. Y salió escaleras arriba como un cohete ya que no podía soportar  la intriga de lo que diría su madre.
Mi tía preparó un rico caldo de gallina que según ella me ayudaría reponer fuerzas y me regaló una revista femenina. Era la primera vez que me regalaba algo así. Aquella noche dormí envuelta en sueños como si tuviera que estar pendiente de ir al baño igual que había pasado el día mirando si tenía que cambiar aquella tela por otra. Pero eso si, me sentía muy muy distinta a la niña del día anterior. Intuía que no sólo mi cuerpo realizaría cambios sino que también mis sentimientos, mis inquietudes irían cambiando hacia nuevos horizontes. Y ahora con la perspectiva que da la edad cumplida y vivida, así fue.

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