Cinco meses después
Eran las tres de la mañana, de nuevo los ardores en la boca del estómago me hacían despertar. Me había levantado para ir a la cocina y tomarme de nuevo aquel chorizo 'perrunero' como decía, la vendedora del super de la esquina de enfrente. Aunque parecía totalmente demencial el chorizo más grasiento era el que más me calmaba la quemazón que tenía en el estómago. Y como me habían dicho unas vecinas un tanto mayores, era que el bebé tenía mucho pelo. A mi, aquello del pelo me daba ganas de reír, pero por prudencia y sin ánimo de herir sensibilidades, asentía con cara de interés.
Desde el día de la noticia en el trabajo habían pasado numerosos sucesos que me gustaría contar.
En primer lugar, tuve el arrojo de decirme a mi misma que con 35 años ya era hora de ser madre. Posiblemente no era la mejor manera pero creo que, cuando salí a la calle, aquel día del trabajo tras recibir aquella noticia chocante me lancé a buscar una tienda de premamá y de ropa de bebé. Fue una reacción totalmente impulsiva. Todo mi cuerpo, mi mente y mis sensaciones me pedían ser madre. No dejaba de sorprenderme la necesidad de querer empezar a comprar cositas para mi bebé.
En segundo lugar, mi puesto como informática no estaba nada mal y ni siquiera personas con más veteranía cobraban la cantidad, dos mil quinientos euros. Curraba mucho pero me gustaba y me resultaba fácil.
Por otro lado, mi madre después de asustarse un poco con la noticia, decidió ejercer de abuela ofreciéndose a cuidar del niño-a, mientras no fuera al cole.
Por último, Juan me ofreció casarse conmigo. Casi me da un pasmo porque aunque fuera el padre, a penas nos conocíamos y yo no entendía que aún quedaran caballeros andantes. Pero de todos modos, en algún aspecto, un tanto romántico Angelina la halagó. Eso sí, el vestido blanco, el banquete, el ayuntamiento (ya que no se veía frente al párroco dando un 'sí quiero') no era de su gusto. Siempre había roto el molde y para nada quería aquello. Por eso al imaginarlo tal cual si fuera una moviola la imagen quedó congelada en su mente y se dijo para sí misma que todo debía ir con otro ritmo. Y aunque le agradecía que viniese a ver las ecografías y que estuviese en la hora del parto le dejó claro que se irían conociendo poco a poco y que se tomase las cosas con más calma. Quizás con el tiempo las cosas cambiarían pero no sería de manera repentina.
jueves, 5 de septiembre de 2013
lunes, 8 de abril de 2013
EL DÍA 13.
El 13 de un año acabado en 13 tuve mi primera regla. Yo tenía, ¿sabéis qué edad? 13 años. Jugaba aún con mis muñecas, o sea que podéis deducir que no nací en este siglo. Fue todo un evento.
Mi amigo Mario, empezó a gritar porque decía que me estaba desangrando o algo así; cosa que era un tanto exagerada. Pero claro Mario, de cosas de chicas saber, saber, no sabía gran cosa ( al menos por aquel entonces, aunque luego algo aprendería, porque se licenció en medicina). Con el jaleo que montó, mi tía Adela se asomó al cuarto en que jugábamos y nos preguntó que qué ocurría, porqué armábamos tanto revuelo.
Yo le dije que me notaba extraña y que mejor íbamos juntas al baño a ver que me ocurría porque era una sensación nueva. Cuando mi tía Adela, la soltera de cinco hermanas, entre las cuales se contaba mi madre, me miró se dió cuenta de inmediato de que mi falda manchada con un rosetón de color rojo, no era otra cosa que la señal, de que tenía mi primera menstruación. Mirándome con cara muy dulce y serena me acompañó hasta el baño, donde me aleccionó diciéndome que era completamente natural y que ella también a mi edad había tenido su primer período. Me comentó que cada luna más o menos volvería a tener la regla, me enseñó lo que entonces se ponían entre las piernas las mujeres para recoger la hemorragia. Era una especie de tela un tanto ruda que nada tenía que ver con las conocidas compresas con alas y perlas antiolor que ahora llevan las jovencitas. Me sentí el centro de atención por un día.Ella me dió unas friegas con un poco de aceite de oliva para aliviar la molestia de los ovarios y me puso un paño caliente en la zona calentado con una de aquellas pesadas planchas de acero.
Cada ciertas horas mi tía me preguntaba si el paño estaba ya lleno de aquel líquido rojizo que se escurría cálido y me ennegrecía las ojeras. Yo corría hasta el final del pasillo donde se encontraba el baño, abría con curiosidad y cierta excitación la puerta y la cerraba tras de mi para observar si ya estaba colmado o podía esperar un poco más. Era protagonista de un cambio en mi cuerpo que no esperaba en absoluto. Mi tía me dijo que a partir de ese momento podía ser madre, yo madre, que aún jugaba a serlo con mis muñecas. Lo que yo no entendía aún muy bien era que tenía que ver aquel fluido con lo de ser madre, aunque seguramente cada vez me iría enterando mejor y es que era muy pequeña para comprenderlo todo.
Mario volvió aquel mismo día a preguntar que tal me encontraba porque mi tía le había pedido que subiera a su piso, ya que era un vecino del edificio. Yo muy orgullosa le dije que había tenido la regla y al pobre se le quedó una cara un tanto extraña, y con los hombros levantados me dijo que no sabía que era eso. Yo empecé a dar todo tipo de explicaciones sobre lo que mi tía Adela me había dicho y él me miraba como un bicho raro, como si los 13 años que llevábamos jugando y saliendo juntos al parque se hubieran esfumado y no nos conociéramos, porque se sintió claramente perturbado.Según él no parecía muy sano que del cuerpo de una niña saliera tal cantidad de sangre, y él insistía en llevarme al médico que seguro que me moriría y él no quería perder una buena amiga. Le calmé explicándole que mi tía también la había tenido a los 13 años y que por ahora no me sentía morir y que además no habían parado de mimarme y prestarme mucha atención. Hasta el punto de haber comprado un calendario para apuntar cada mes, cuando empezaba y terminaba el evento, y que por cierto, era un calendario muy bonito con un bonito árbol que estaba lleno de brotes de castaño. Y ya lo había estrenado. Mario se apaciguó un poco pero dijo que lo consultaría con su madre, que para algo era mujer y que si ella también tenía de eso, como se llamara, se lo podría explicar. Y salió escaleras arriba como un cohete ya que no podía soportar la intriga de lo que diría su madre.
Mi tía preparó un rico caldo de gallina que según ella me ayudaría reponer fuerzas y me regaló una revista femenina. Era la primera vez que me regalaba algo así. Aquella noche dormí envuelta en sueños como si tuviera que estar pendiente de ir al baño igual que había pasado el día mirando si tenía que cambiar aquella tela por otra. Pero eso si, me sentía muy muy distinta a la niña del día anterior. Intuía que no sólo mi cuerpo realizaría cambios sino que también mis sentimientos, mis inquietudes irían cambiando hacia nuevos horizontes. Y ahora con la perspectiva que da la edad cumplida y vivida, así fue.
El 13 de un año acabado en 13 tuve mi primera regla. Yo tenía, ¿sabéis qué edad? 13 años. Jugaba aún con mis muñecas, o sea que podéis deducir que no nací en este siglo. Fue todo un evento.
Mi amigo Mario, empezó a gritar porque decía que me estaba desangrando o algo así; cosa que era un tanto exagerada. Pero claro Mario, de cosas de chicas saber, saber, no sabía gran cosa ( al menos por aquel entonces, aunque luego algo aprendería, porque se licenció en medicina). Con el jaleo que montó, mi tía Adela se asomó al cuarto en que jugábamos y nos preguntó que qué ocurría, porqué armábamos tanto revuelo.
Yo le dije que me notaba extraña y que mejor íbamos juntas al baño a ver que me ocurría porque era una sensación nueva. Cuando mi tía Adela, la soltera de cinco hermanas, entre las cuales se contaba mi madre, me miró se dió cuenta de inmediato de que mi falda manchada con un rosetón de color rojo, no era otra cosa que la señal, de que tenía mi primera menstruación. Mirándome con cara muy dulce y serena me acompañó hasta el baño, donde me aleccionó diciéndome que era completamente natural y que ella también a mi edad había tenido su primer período. Me comentó que cada luna más o menos volvería a tener la regla, me enseñó lo que entonces se ponían entre las piernas las mujeres para recoger la hemorragia. Era una especie de tela un tanto ruda que nada tenía que ver con las conocidas compresas con alas y perlas antiolor que ahora llevan las jovencitas. Me sentí el centro de atención por un día.Ella me dió unas friegas con un poco de aceite de oliva para aliviar la molestia de los ovarios y me puso un paño caliente en la zona calentado con una de aquellas pesadas planchas de acero.
Cada ciertas horas mi tía me preguntaba si el paño estaba ya lleno de aquel líquido rojizo que se escurría cálido y me ennegrecía las ojeras. Yo corría hasta el final del pasillo donde se encontraba el baño, abría con curiosidad y cierta excitación la puerta y la cerraba tras de mi para observar si ya estaba colmado o podía esperar un poco más. Era protagonista de un cambio en mi cuerpo que no esperaba en absoluto. Mi tía me dijo que a partir de ese momento podía ser madre, yo madre, que aún jugaba a serlo con mis muñecas. Lo que yo no entendía aún muy bien era que tenía que ver aquel fluido con lo de ser madre, aunque seguramente cada vez me iría enterando mejor y es que era muy pequeña para comprenderlo todo.
Mario volvió aquel mismo día a preguntar que tal me encontraba porque mi tía le había pedido que subiera a su piso, ya que era un vecino del edificio. Yo muy orgullosa le dije que había tenido la regla y al pobre se le quedó una cara un tanto extraña, y con los hombros levantados me dijo que no sabía que era eso. Yo empecé a dar todo tipo de explicaciones sobre lo que mi tía Adela me había dicho y él me miraba como un bicho raro, como si los 13 años que llevábamos jugando y saliendo juntos al parque se hubieran esfumado y no nos conociéramos, porque se sintió claramente perturbado.Según él no parecía muy sano que del cuerpo de una niña saliera tal cantidad de sangre, y él insistía en llevarme al médico que seguro que me moriría y él no quería perder una buena amiga. Le calmé explicándole que mi tía también la había tenido a los 13 años y que por ahora no me sentía morir y que además no habían parado de mimarme y prestarme mucha atención. Hasta el punto de haber comprado un calendario para apuntar cada mes, cuando empezaba y terminaba el evento, y que por cierto, era un calendario muy bonito con un bonito árbol que estaba lleno de brotes de castaño. Y ya lo había estrenado. Mario se apaciguó un poco pero dijo que lo consultaría con su madre, que para algo era mujer y que si ella también tenía de eso, como se llamara, se lo podría explicar. Y salió escaleras arriba como un cohete ya que no podía soportar la intriga de lo que diría su madre.
Mi tía preparó un rico caldo de gallina que según ella me ayudaría reponer fuerzas y me regaló una revista femenina. Era la primera vez que me regalaba algo así. Aquella noche dormí envuelta en sueños como si tuviera que estar pendiente de ir al baño igual que había pasado el día mirando si tenía que cambiar aquella tela por otra. Pero eso si, me sentía muy muy distinta a la niña del día anterior. Intuía que no sólo mi cuerpo realizaría cambios sino que también mis sentimientos, mis inquietudes irían cambiando hacia nuevos horizontes. Y ahora con la perspectiva que da la edad cumplida y vivida, así fue.
domingo, 7 de abril de 2013
Un pequeño kit-kat en la vida de Angelina.
Desde hacía unas semanas Angelina sentía como sus senos estaban tensos, todas sus camisetas la quedaban muy ajustadas. No es que no le gustase, pero es que últimamente casi todas las miradas convergían a unos veinte centímetros por debajo de sus ojos, que por cierto, eran preciosos. Nunca esto la había puesto nerviosa pero ahora, era tan generalizado este tipo de reacción, que había llegado a hacerse demasiado evidente en su vida diaria.
Cuando entraba en la oficina, percibía como el sexo contrario seguía sus movimientos hasta tomar asiento en su puesto. A veces ese paseo a través de los archivadores y mesas se hacía demasiado intenso a cada paso que daba. Y es que, incluso Javier, el director, la había mirado de soslayo esperando no ser observado, en un momento, en que me encontraba ensimismada en algún tema que absorbía mi atención. El tenía fama de ser extremadamente frío al trato y marcaba con claridad las distancias con aquellos que no formábamos parte de la cúpula de poder.
Angelina también suscitaba las miradas de algunas de sus compañeras que con envidia observaban su figura, sus senos generosos, caderas redondeadas, poseía una cintura bien marcada. En su rostro su mirada resuelta de verde viloáceo dejaba perplejo a más de un personaje tanto masculino como femenino. Su cuerpo contenía un espíritu interesado en llevar una vida plena, ejerciendo diversas actividades y disciplinas intentando expresarse tal cual deseaba ser.´
Así que allí estaba de nuevo ella pensando porqué se sentía tan sumamente mujer, con su pecho a punto de estallar bajo la camisa que se había puesto aquella mañana. Se fue al trabajo donde se encontró con las diferentes miradas unas de deseo y otras de envidia.
Recordó una vez sentada en su puesto que debía recoger unos análisis que la hacian anualmente en la empresa. Se dirigió al despacho del médico laboral. Realmente,se consideraba una persona muy saludable. Corría cada mañana, iba a pilates, se cuidaba durmiendo ocho horas y su dieta era ideal, por lo cual no albergaba ningunda duda de que no habría nada extraño en aquellas tablas, que aparecían en sus informes médicos.
Llegó al despacho y se sentó en la silla que tan amablemente Roberto la tendió. Se fijó en que él la miraba curioso. Ella le preguntó si había algo equivocado en sus análisis y empezó a explicar que había comenzado a ser vegana que quizás aquello había hecho que algo hubiera afectado a los indicadores. Pero él cortó su discurso diciendo: "Enhorabuena, estás embarazada". Aquellas palabras la dejaron helada. En aquel momento todo se paralizó, ella misma se había sumido en una quietud insondable. Escuchaba lejana la voz de Roberto hablando del ácido fólico y de una serie de recomendaciones médicas que en aquel instante no entendía. De sus ojos fluían abundantes lágrimas. Ahora ya comprendía la causa de la tensión en sus senos. Escuchaba al médico diciendo que lo sucedido no era causa de tristeza y me pasó la caja de los kleenex. Mientras me sonaba sonoramente, por mi mente pasaron rápidos flases de las dos últimas relaciones de fin de semana que había tenido con Juan, que si bien era muy majo y parecía comprensivo, en absoluto habíamos comenzado algo que pudiera llamarse 'relación'. ¿Me encontraría sola? ¿se lo contaría? Para nada estaba en sus planes quedarse embarazada y menos de aquel modo. Después de recuperarse y tras varios ´"no es para tanto mujer", Angelina volvió a su puesto. Aquella noticia había cambiado poderosamente la visión de aquella mañana de Octubre.
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